viernes, 11 de marzo de 2011

Discurso emitido en el descanso de la presentación sobre "que decir y que callar" Viena, 1974.

Interludio.

Todo parecía ser urgente, tanto que parecía no haber prioridades.

Los debates eran una búsqueda de jerarquizar acciones, posibles causas, comienzos.

Era una sensación plena, omni abarcante, pero también vacía, y porque no, carente de sentido.

Así me sentía yo ante aquello que me pedía, me exigía. Una responsabilidad demasiado grande parece ser el prometerse libertades, trabajo, dinero, libre albedrío, estudios y comida.

Realizar, pero ¿realizar qué?.

Un sueño, un ideal, una metafísica intuición, un designio espiritual, ¿el destino?

Todo parecía igual a aquellos ojos que yo mismo percibía como totales, claros y punzantes.

Pero, y siempre parece haber un pero, las cosas cambian.

Siempre lo hacen, esa parece ser la regla general que todavía no ha cambiado; pero ¿para dónde?

Hoy mismo me lo pregunto. Hoy mismo no distingo bien el límite si es que lo hay, para comprobar aquella intuición pasada con lo presente de mis días. Hoy sigo siendo una proyección de mi memoria, y también de otras. Hoy tampoco sé si lo que quería se cumplió, o si querer no es más que un acto profético de lo que va a suceder, disimulado por mi conciencia.

Cada casa es un mundo se decía y aún se dice, para mí siempre fueron un universo, y jugando hasta estirar la metáfora más allá de lo explicativo, el universo mismo es una casa, la cual no es mía, ni siquiera se si la alquilo ni el costo de la renta, no sé si tengo vecinos en otras casas, no sé si soy un profanador o hasta un “ocupa” de ésta casa.

Pareciera ser metafísico o al menos que me enredo en palabras, cuando trato de recordar esta sensación. Puede que sí, puede que no. Eso, tampoco hoy lo sé.

Es hora de entrar a la segunda parte de la conferencia, el café aquí es delicioso.

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