miércoles, 24 de septiembre de 2008

Los Caballeros del Rock! Que nombre para una banda. Tres artículos recomendados.

Apuntes de Rock, leído en http://ilcorvino.blogspot.com/search/label/Rock

Un espacio en el cual se puede oír (literalmente) la ignorancia y el fascismo del ambiente rockero (como así también la degradación cultural del país) son los cánticos que el público entona para “alentar” a sus bandas preferidas. Dejando de lado la lamentable y repetitiva hasta el hartazgo “Luca no se murió, Luca no se murió, que se muera Cerati la puta madre que los parió”, cabría analizar, con un mínimo de profundidad, la tríada básica en la que se apoya buena parte de la juventud rockera argentina a través del fragmento de una canción de “apoyo” que se usa en recitales de distintas bandas: “Una bandera que diga Che Guevara/ Un par de rocanroles/ Y un porro pa’ fumar”. En primer lugar, la letra de este refrán suburbano debe ser uno de los más grandes manifiestos del conformismo. Si en algún momento se pidió ser realista y pedir lo imposible, ahora el porvenir deseado por el joven, sin dudas, aparece mucho más acotado. Asimismo, la bandera que se nombra sólo debe decir “Che Guevara”, por lo que se entiende que quien canta acepta al héroe de la Revolución Cubana como mero ícono vaciado de significado. De este modo, el público supuestamente “revolucionario” ( “revelde” en el código de La Renga) asimila al Che Guevara de la misma forma que la sociedad capitalista que se dice desdeñar: como un producto. Lo mismo daría, entonces, que la bandera diga o tenga el rostro del Pato Donald o el Ratón Mickey; no se aboga por la lectura de un libro del Che o, siquiera, por seguir su ejemplo, simplemente se pide una bandera con su nombre. Esa mención vacía de sentido sirve para producir un efecto de júbilo entre los que aceptan el código sin cuestionarlo. Cierto escritor llamado James Ballard dijo que estamos en la era de los eventos sin sentido… Pero el dato más contradictorio de la canción (“matar un rati para vengar a Walter (Bulacio)” es feroz pero entendible) aparece cuando se mezcla al Che con el cigarrillo de marihuana. De más está decir que la Revolución Cubana desecha el uso de drogas. Los grupos argentinos de ideología comunista de los 70’ que jugaban a poseer el espíritu revolucionario del Che, tampoco admitían tales cosas: así lo cuenta Luis Alberto Spinetta como también Fabián Casas, en su excepcional ensayo “La reacción”: “Cuando empecé a fumar porro, me tuve que ir del PC. Ningún revolucionario puede hacer la revolución si está tomando drogas, a menos que la revolución parezca venir en pasta negra, con Sargent Pepper’s o Blonde on Blonde. Hoy creo que siempre se ha intentando unir ciertas cosas que claramente son antagónicas”. Más adelante, lúcido, Casas elucubra que el Che Guevara habría fusilado a alguien que le proponga “el desorden de los sentidos”. Lo mismo haría, pienso, con quien quisiese escuchar “roncaroles” y conseguir “un porro pa’ fumar”: según Antonio José Ponte, entre 1965 y 1968 “homosexuales, religiosos, hippies y rockeros fueron encerrados en campos de concentración” de la Isla (19-04-08, adn Cultura, La Nación). Sin embargo, no es el denominado “rock chabón” el único que cae en contradicciones con el movimiento al que dice pertenecer: varios segmentos del público y los músicos considerados “under” suelen estigmatizar en forma reaccionaria fenómenos trágicos que envuelven el género (Cromañon, los disturbios en los recitales de Patrcio Rey y sus Redonditos de Ricota, etc.). Pero eso, claro, forma parte de otra historia.

Entrevista a Sergio Marchi leído en http://elbolillero.blogspot.com/2005/10/entrevista-sergio-marchi.html

“Por qué el rock terminó convirtiéndose en todo aquello que alguna vez detestó”. Esa pregunta inspiró a Sergio Marchi para escribir el libro El rock perdido, una de las primeras voces que se escuchan desde la vereda rockera intentando explicar(se) Cromañón. En una entrevista en El Bolillero, Marchi identifica a “la llegada de los códigos futboleros acompañados de una pérdida de identidad” como la causa que derivó en el cambio de paradigma. Y sitúa el comienzo del fenómeno “a fines de los ochenta”, cuando se agudiza la crisis económica que deriva en la hiperinflación devoradora de salarios, empleos, fuentes de producción y hasta el gobierno de Alfonsín. “Cuando se da un proceso así en un país, cae la cultura, la educación y los códigos pasan a ser cada vez más vulgares”, explica Marchi, y dice que en el rock “empieza a revindicarse aquella cosa de la cancha, pero no cuando la hinchada es un espectáculo porque alienta al equipo, sino cuando es un espectáculo porque son los más guapos, los más prontuariados aquí”.
Más allá del show mediático, de la pulsión argenta de identificar un chivo para expiar, en algún momento -y es cada vez más tarde- quienes hacen el rock deben detenerse a repensar. “El rock tiene que tomar conciencia de que esto le pasó en su casa. La tragedia pasó porque alguien tiró una bengala y ese es parte de los que siguen a bandas de rock, por lo tanto tiene que conjugar esto en primera persona. Algunos artistas lo están haciendo, otros ya lo hicieron y el público lo tiene muy pendiente. Mucha gente quiere tirar bengalas”, aporta Marchi.
Entrevista con Spinetta
En el anterior post, Manu preguntaba acerca de cómo incidió en el libro la entrevista con Luis Alberto Spinetta. La respuesta de Marchi: “Decidí llamarlo a Luis cuando estaba contando una anécdota que ilustraba cómo a quellos jóvenes revolucionarios de los 70, que después se dedicaron en algunos casos a hacer una guerrilla de lucha armada, combatían también al rock y lo veían como enemigo, como no había puntos de encuentro entre esas dos tribus que eran jóvenes, pero tenían métodos y apetencias completamente distintas. Pensé qué bueno sería que Luis hablara de esto y decidí llamarlo porque tengo una muy buena relación con él. Pero no incidió de manera fundamental en el libro”.
Ni un minuto
El lamentable episodio que terminó en que no se edite la canción
 Un minuto en la que Gieco invitó a cantar a Pato Fontanet, ocurrió cuando El rock perdido ya estaba terminado. Al respecto, Sergio Marchi opina que “en lo artístico no me gusta la canción, ni tampoco Pato Fontanet como cantante. Pero creo que León tiene todo el derecho del mundo de invitar a quien quiera y Pato Fontanet tiene todo el derecho del mundo de seguir cantando aún después de lo que pasó en Cromañón. Creo que no estuvo bien la presión que hicieron esos padres, porque se metieron en la casa de un tercero. Me parece que hay puntos que no debieran ser traspados en lo artístico. Entiendo que han sido víctimas de una tragedia, pero tampoco se les puede dar el lugar de conciencia de la sociedad a las víctimas de una tragedia, porque es gente que ha sufrido mucho y hay que tratar de ayudarlos. La única manera en que van a cerrar ese sufrimiento es que haya justicia”.
Mucho por hacer
Marchi insiste en que la mayor responsabilidad en el “hacerse cargo” de Cromañón, le cabe al público. “La gente tendría que tomar conciencia. Empezar a premiar a músicos que hacen buena música y no a grupos que hacen fulbito para la tribuna. Es el público el que se debe realmente una autocrítica, todavía hay muchos que van cantando que a los pibes no los mató la bengala, no los mató el rocanrol... háganse cargo”.

 Rock nacional ¿Ya fue? Leído en http://www.revistasudestada.com.ar/web06/article.php3?id_article=284

Por: Ignacio Portela 
Fotos: Julieta Gómez Bidondo


Durante décadas el rock argentino fue renovándose y dando pie a nuevas creaciones. Pero a partir de los noventa se instaló un estilo que tocó fondo en Cromañón. Desde lo interpretativo se repitió la formula: crear un sonido, imponerlo comercialmente y rendirse ante las ventas. El mercado impuso sus reglas y el rock nacional se entregó manso al negocio. La esperanza se encuentra en los músicos que aún no son masivos. Hoy, cuarenta años después de su génesis, el rock se debate entre el luto y la mediocridad. Músicos y periodistas opinan sobre los cambios del género, la renovación del público, el rol del artista y su futuro incierto. 

A pesar de la excitación que siempre le producía tocar en vivo, esa noche algo parecía diferente. Había ensayado un par de veces la presentación de un tema que lo volvía loco. No quiero terminar así, se repetía el Pelado, no quiero. Era una noche de excesos enBabilonia, un boliche de reviente en Capital. Necesitó cantar un par de temas antes de presentar “Cacho”, esa canción que no paraba de cantar en la semana. No sé si hacerla en vivo, se maldecía, dudando otra vez, de mal humor. Era un tema hecho en caliente, con mucho de aquello que sentía que jamás le podía pasar a él. Era el momento, ya no quedaban opciones: o lo cantaba o se traicionaba. Los músicos esperaron la introducción del Pelado para empezar a tocar los primeros acordes. Y el Pelado se tiró de cabeza: empezó a querer explicar lo que le había pasado con esa canción, con alguno de sus ídolos. Esos que lo impulsaron a dejar toda esa vida de comodidades, para arrojarse al abismo y dedicarse a cantar.

“Todos saben que hace tiempo hubo problemas con la gente del grupo. No sé quiénes, tampoco realmente en este momento me interesa. Lo que sí me preocupa es que algunas personas que están en el poder, los artistas que convocan mucha gente y desde muchos lugares, escalen tan alto, olvidándose que a seis mil metros de altura la gente se congela. Esta canción está dedicada a aquellos artistas que se olvidan de la gente. Yo algún día, posiblemente, pueda ser uno de ellos”, largó sin escucharse, y las piernas le dejaron de temblar cuando la guitarra empezó a chillar. Ya había pasado lo más traumático.

De ahí en más, fue todo coraje, el sonido entrando de lleno hasta los huesos. “Nuestro Héroe se murió/ nuestro Héroe se murió./ Él seguía su línea recta tan perfecta/ él seguía su línea recta tan perfecta/ que se la clavó.// Más humilde que un presidente cuando jura/ jamás rendirse a lo que persigue cuando actúa./ Nuestro prócer, Cacho, escaló con vos/ y en la cima se congeló/ Cacho tanto escaló/ que en la cima se congeló./ Esconderse fue mejor/ mucho mejor./ Esconderse fue mejor/ mucho mejor.// Así crecía la fantasía en su secta/ las ofrendas le caían en la jeta/ y eso lo tapó, eso lo tapó.// Esconderse fue mejor/ mucho mejor.// Nuestro Héroe se murió/ mucho mejor”.

Este relato está basado en un hecho real. Sucedió en un recital de los inicios de Bersuit Vergarabat en 1990, antes de que editaran su disco debut. Lo que sorprende a la distancia no es tanto la decisión de no incluir ese tema nunca en sus discos, si no más bien la rápida desaparición de la canción en sus recitales. ¿A quién le dedicó ese tema Gustavo Cordera entonces? ¿Tal vez al Indio Solari, un referente obligado de todos los grupos de rock de los años noventa? ¿O se lo dedicó a él mismo, a lo que nunca quiso ser? ¿Cuánto de verdad tiene esta confesión del cantante de una de las bandas más convocantes de la actualidad? Esa rebeldía y verborragia que tenía en sus inicios, ¿sigue presente en sus conciertos, hoy?

Hay, es verdad, una infinidad de preguntas que hoy tienen al rock como sujeto central. El ejemplo de Bersuit y su canción no es otra cosa que un eslabón más en una cadena que va deshilachando un debate que nadie parece dispuesto a abordar. Los riesgos son altos: hablamos del negocio como el gran vencedor, de las discográficas imponiendo sus leyes mediocres, de los productores repartiendo fórmulas mágicas para vender discos, de empresarios y managers babeando ante cualquier oportunidad de aumentar las ganancias, aún a costos altísimos. Pero también, claro, hablamos de los grandes protagonistas de arriba y de abajo de los escenarios: ¿dónde está la rebeldía y la originalidad de las bandas, que parecen marchitarse en la repetición y la ausencia de recursos? ¿Quién le robó al rock su esencia contestataria para transformarlo en el mejor botín de las grandes multinacionales, que hoy actúan como la exclusiva salvación de la mayoría de los artistas argentinos? ¿Qué pasó con la gente, antes espectadores, ahora participantes de shows que van deslizando la atención y la importancia por fuera de los propios músicos, festejantes del ritual del aguante y el reviente, de las bandas que siguen «a todas partes» a pibes con buenas intenciones pero con limitados argumentos creativos? ¿Por qué hablamos desde hace veinte años de crisis en el rock nacional y nadie quiere parar la pelota y mirar el presente?

Las fronteras del rock nacional

El género rock es, antes que nada, una actitud frente a la música, el escenario y la vida. Nació en Estados Unidos como una manifestación de los sectores más pobres para cantar sus angustias y, desde sus inicios, estuvo ligado a la no aceptación de una sociedad injusta y opresora de sus ideales de libertad. Fue un fenómeno contracultural, alejado de lo masivo y comercial. Con los años la convocatoria y el interés por el género se fue multiplicando. También con el tiempo fueron cayendo las banderas ante el influjo seductor del mercado.

Dentro del amplio universo del rock nacional es posible incluir a grupos o solistas tan variados como La Renga, León Gieco, Bersuit Vergarabat, Luis Alberto Spinetta, Las pelotas o El otro yo, por nombrar algunos, ya que son bandas o individuos que presentan una actitud que los diferencia de otros conjuntos que nos les queda otro mote más que el de popular o pop. “¿Por qué le pedimos a un músico valores como la rectitud, la honestidad o la solidaridad si no somos capaces de cumplirlos en nuestra vida cotidiana ni de exigírselos a los políticos? Es hora de que a los músicos se les exija talento, buenas canciones, brillantez, inteligencia, lucidez y no un certificado de pobreza material e intelectual”, explica el periodista Sergio Marchi en su libro El rock perdido. Pero, ¿es posible separar al artista de su obra cuando parte de su actitud es la que genera su éxito? Es cierto que hay que pedirle a los músicos que hagan buenas canciones, pero también que no defrauden cuando cantan, que no hablen de cosas que detestan y luego se conviertan en ejes del sistema que atacaron durante años. Por eso resulta inaceptable desde la coherencia mínima que cantantes de grupos masivos lleguen en autos importados y lo estacionen a veinte cuadras del concierto para llegar en remis, y después escriban con su presencia un panfleto del aguante, en el peor sentido de la palabra y cuenten sus andanzas de la “calle”, cuando viven rodeados de la frivolidad de la tarjeta de crédito y de los viajes suntuosos.

Por caso, ¿es justo analizar la obra de León Gieco solamente desde un lado musical o poético? Hay que tener en cuenta que sienta su trayectoria en bellas canciones, pero con otro plus muy grande en su “militancia” de ideas, base fundamental de su reconocimiento. En este caso la honestidad y rectitud forman parte de su carrera, ya que flaqueando en una de sus patas posiblemente su obra pierda valor y convocatoria.

Se canta como se vive

El desaparecido escritor Haroldo Conti alguna vez reconoció: “Yo soy escritor solamente cuando escribo, el resto del tiempo me pierdo entre la gente”. ¿Qué sucede con los rockeros, existe esa integración, esa cotidianeidad? Pareciera que la escala es similar en la mayoría de los casos, sólo difiere con el lugar de procedencia de cada cantante, de cada grupo. Arrancan reivindicando su lugar de origen, los vecinos, las hazañas, susdealers y se terminan escondiendo en countries o disfrazados, con una abultada cuenta bancaria, lejos de la realidad que se canta, que se reivindica. Por eso es absurdo escuchar a Fito Páez cuando canta en una canción “Buenos Aires te sobra muerte y pasarela”, queriendo distanciarse de la frivolidad en la que está sumergido hace más de una década...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº47

Entrevista con Alejandro Sokol

“Para mí hay una especie de chatura”

Lejos de lo que puede imaginarse gran parte del público de cómo debe vivir una estrella de rock, en una casa de la localidad bonaerense Malvinas Argentinas vive Alejandro Sokol, el cantante de Las pelotas. Con un Renault 4 que lo transporta a sus incursiones porteñas, “El bocha”, como lo llaman sus seguidores, vive al día, pero no se lo ve desesperado. Hasta allí fuimos para escuchar su posición sobre la tragedia de Cromañón, su rol como cantante y el presente del rock nacional. Mientras tanto, se prepara para grabar un nuevo disco, sin título aún, pero que promete conmover al público.

¿Por qué siguen tocando después de lo que pasó en Cromañón?

¿Por qué no vamos a seguir tocando? Sí, fue una tragedia, se sabe. Pero a nosotros dentro de todo no nos afectó tanto, las cosas se han frenado, pero seguimos laburando. A los que más les jodió fue a las bandas más chicas, que no encuentran lugares dónde tocar. Creo que lo que pasó en Cromañón debería ser mucho más investigado y mejor analizado para que puedan volver a tocar. Me parece que hay cosas que faltan esclarecer como para que los Callejeros salgan a tocar de nuevo. Es una mierda que haya pasado, pero los muertos pesan. Se murió mucha gente. Alguna vez vino el baterista de ellos a hablar a la sala, pero nosotros nunca pensamos hacer un show para las víctimas con ellos, no queríamos. Como no sabíamos bien qué había pasado no nos quisimos poner de un lado o de otro.

¿Cambió en algo la relación entre el público y la banda, hubo algún replanteo?

Replanteo no hubo. Lo único que se aclaró es que no se permitirá usar pirotecnia en los shows, por el simple hecho de que se pueda quemar una persona, además de un boliche. Igualmente en los shows sigo sintiendo lo mismo, una franqueza y una honestidad de querer pasarla bien, de divertirse. Un acuerdo mutuo entre nosotros y el público que no es violento. En ese sentido no cambiamos y no creo que tenga que cambiar, esa relación que tenemos con la gente. Siento que nuestro público quiere divertirse, pasarla bien y escuchar música. Hasta ahora no tuvimos inconvenientes grandes con el público. Algunas veces se nos fue de las manos en el interior, en lugares que no era nuestro público fiel. Por ejemplo, una vez en Tucumán hubo algunos desmanes, una diversión un poco densa. Aunque creo que es respetable también, cada uno se manifiesta como puede y mejor le sale. Puede ser que ahora haya más violencia, más desmanes, pero creo que es por las cantidades que te van a ver, por el número, porque ahora hay mucha más difusión del rock.

¿Creés que eso le pasó a Los Redondos con el crecimiento de público?

También me parece que tiene que ver con lo que vos generás desde el escenario, porque se puede movilizar mucho. No quisiera que nos pase nunca. Hay que manifestarse en contra de los desmanes que puedan suceder dentro de un recital. Si vos ves que hay gente pegándose tenés que parar la música, no importa que sean muchos. Si vos lo percibís eso no te puede gustar. Tenemos que estar de acuerdo que venimos a escuchar música. Pelearse, escupir o robar son cosas que no hay que permitir que sucedan en un recital de rock.

¿Notás cambios en el público actual en relación a los seguidores de antes?

Hay una diferencia, porque mucha gente ha dejado de venir a los shows y yo me doy cuenta de eso. No creo que sea por la violencia. Eso nos pasa a todos, es algo natural. Yo antes iba a ver mucho a una banda con amigos, pero después me cansaba, pasa por una decisión personal. Entonces pienso que con Las pelotas pasa lo mismo, después de 15 años hay gente que ya no la veo tanto. Lo que sí hay un crecimiento de nuestro público, pero noto que hay buena onda por sobre todas las cosas. Que entienden lo que vamos a hacer, que queremos hacer un show y pasarla bien. El comportamiento de la gente es acorde a eso.

¿Creés que les podía haber pasado algo como a Callejeros?

Yo tendría que estar en el hecho, en el show, y en ese momento. Pero igual, sin estarlo, te das cuenta que fue una cosa terrible, fue una torpeza por parte de varios, desde la banda hasta la organización. Y eso se tiene que ver, que analizar, se tiene que saldar de alguna manera. No sé cómo se puede hacer, pero más de 190 personas muertas, pendejos, chiquitos, no sé. Yo no podría volver a tocar, a mí no me daría la jeta. Pero cada uno hace lo que le parece. Yo entiendo que se juzgue a Chabán desde el lado de los padres de los chicos que murieron. Igualmente dicen que Chabán avisó que podía pasar y no le dieron bola, no sé. Se habla de que cambiaron la seguridad para dejar entrar más bengalas, pero no me gusta hablar de eso, aunque creo que faltan cosas por pelar, que tendrían que saberse...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº47

La comodidad de la tribu

por Fernando D’Addario [1]

Es probable que en los años ‘60 y ‘70 los aficionados rockeros actuaran con más naturalidad su rol de “espectadores”. Aunque público y artistas compartían cierta expectativa movimientista, de confrontación con el sistema y voluntad de cambio, abajo del escenario prevalecía una distancia reverencial respecto del músico. A partir de la regresión general de los sueños rupturistas, el rock entró en una suerte de big bang ideológico (no hay que pensar que el pop frívolo carece de ideología) que obligó a una parte del público a “atrincherarse” en defensa de ciertos códigos culturales. Esa defensa victoriana de la “esencia rockera” convirtió a los fans en soldados no remunerados. Esto no empezó conCallejeros: recuerdo el aguante del público de Memphis en los ‘80, las “brigadas” que seguían a V8, los punks que iban a ver a Los Violadores, cada uno afirmado tras sus respectivas trincheras. En la estratificación del rock tal vez haya influido la paulatina desaparición de los festivales masivos (o quizás esta haya sido consecuencia de aquella, no lo sé).

Pero por debajo del mainstream, el rock pasó a ser algo así como la suma de pequeñas logias secretas. Como, en general, el arte tiende a ser más dinámico que las religiones, los músicos más talentosos fueron rompiendo el cerco y los fans más lúcidos crecieron, cambiaron, evolucionaron. Sobrevivió, sin embargo, una matriz inamovible: la “tribu”.

En la Argentina menemista/ aliancista/ duhaldista/ kirchnerista/ ibarrista, los ghettos del aguante rockero se agigantaron, pero sin adecuar sus códigos a la lógica de la masividad. Más que preocuparse por acompañar artísticamente el crecimiento del público, se limitaron a reproducir, en tamaño ampliado, la incomodidad del tugurio, la mística de la abnegación y el sacrificio. Muchas bandas, a falta de ideas artísticas, prefirieron ampararse en la comodidad de la tribu, que tiene la ventaja de ir renovando imperceptiblemente sus integrantes -con la ayuda del calendario, siempre implacable- sin que sea necesario alimentarla con más música y más profesionalismo. Son las bandas “que no se venden” (según la jerga del principismo adolescente) pero son funcionales a la inmovilidad del sistema.

Se invierte así la lógica artística: los fans no duran muchos años en su fidelidad -cambian de gustos y de ideas como cambian de ropa, aunque siempre habrá otros que los reemplacen en el culto- y son los grupos de rock los que -por pereza, incapacidad o conveniencia- se congelan en una imagen inmutable. Asistimos entonces a una escena curiosa: chicos de 15 años, en plena etapa de ebullición, tienen como modelos y ejemplos de vida a rockeros de 50 años que son reaccionarios por necesidad. Cualquier trastorno en las reglas del juego los perjudicaría.

No le echemos la culpa al rock: lo merecemos.

 [1] Es periodista. Redactor en el matutino Página/12 y en la revista Rolling Stone.

 

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